Santa fe Juega,
Ajedrez en Chabás
En la escuela Bernardo de Monteagudo se jugó un suizo a 5 rondas. Entre 20 jugadores y jugadoras, clasificaron:
Lucas Moulin
Mateo Benincasa
Benjamín Tassello
Augusto Rocci
Diana Piozzi
Luana Tudor
¡Felicitaciones!
martes, 6 de junio de 2017
sábado, 13 de mayo de 2017
Al sesgo.
Al sesgo.
Es una noche tenebrosa. El rey está
solo en la torre, en lo alto del castillo. Fuera, llueve y los relámpagos muestran
los estandartes enemigos cada vez más cerca. En el patio, los peones se hunden
en el barro y tiritan de frío… o de miedo. Viéndose perdido, el Rey manda llamar
a sus alfiles. Uno, entra, la cara blanca y los ojos de fiebre. El Rey dice:
Tu hermano… ¿dónde está?
¡Acá! Se oye detrás de las cortinas, que se abren para dar paso al otro Alfil, vestido de negro.
El Rey dice:
¿Vos?
¡Sí! Contesta y con un lanzazo, grita ¡Rey Muerto!
Sergio Galarza
domingo, 7 de mayo de 2017
El peón ausente.
El peón ausente.
Soy
el portero más viejo del colegio.
No
siempre hago lo que debiera. Me canso muy rápido, últimamente. Dejo a los
jóvenes las tareas más duras, como baldear los pisos o acomodar los bancos para
los actos y las reuniones. Me encargo de la cocina, hago mandados durante los
que camino despacio y me ocupo bastante de la biblioteca. Siempre que puedo me
escapo, a guardar los libros, a ordenar las sillas, a repasar los muebles. El
director dice que lo único que brilla en esta escuela es esta estancia… y mi
ausencia en el resto de la escuela.
Si
mi vida hubiera sido distinta, hubiera querido estudiar, ser maestro o
profesor. Poder leer y disfrutar tranquilo de todos estos libros. Casi no hay
tema que no me interese. A veces escucho a una profe dar su clase y me digo, Uy, cómo me hubiera gustado ser profe de
geografía… otras veces digo, Uy, cómo
me gusta la filosofía… Pero de todos estos libros que leo, me quedo con los
de ajedrez. No sé qué tiene el ajedrez pero siempre me gustó. Lo raro es que aunque
me entusiasmara nunca lo haya jugado. Apenas si aprendí los movimientos, los
lances que figuran en esos manuales de Capablanca, Panov y Grau.
Antes,
hace unos años, en el colegio se hacían torneos. Los chicos participaban de
unos encuentros en los cuales varones y mujeres batallaban por trofeos de
plástico que parecían importantes. Las horas de clase que habrán dejado de lado
por comerse unas piezas…
Siempre
vi con envidia que los muchachos jugaran con las chicas con soltura. En mis
años mozos, varones y mujeres no teníamos mayor trato. Cuando uno se acercaba a
una chica era porque esta le gustaba y eso hacía cada situación un poco difícil…
Esto me trae a la memoria lo que dijo un chico una noche en que perdió con una
jovencita: Perdí por ser atento con una
mujer… dijo. Qué ocurrencia.
Esos
torneos surgieron como propuesta del centro de estudiantes. Cuando volvió la
democracia muchos pibes –y grandes- creyeron que esta sería para siempre. Se
hacían congresos y charlas y creían que había que recuperar y mantener la
memoria. El Nunca Más. Pero la
historia es un círculo, el décimo círculo del infierno, eso es la historia.
Los
torneos de ajedrez eran fabulosos. Daba gusto verlos callados de una vez por
todas, concentrados en la suerte de esas maderitas negras y marrones que de
tanto en tanto se movían un cuadro o poco más. Pero una noche pasó lo que pasó.
Y todo terminó.
Hoy
nadie juega.
A
veces, cuando ya todos se han ido del colegio, por recordar esos encuentros armo
los tableros sobre las mesas y acomodo las piezas que quedan en sus lugares. Miro
las sillas vacías, las piezas quietas, las casillas que denotan las ausencias
de un peón o una torre…
Si
se inventara la máquina de Morel habría que filmar los torneos. Eternamente
veríamos a Kasparov barrer a sus contrincantes. Eternamente veríamos a nuestros
chicos y chicas reír y jugar sus partidas, apartarse con un mohín el pelo largo
de la cara, morder un chicle, sorber un mate, anunciar con algarabía su fugaz
triunfo.
Los
tableros quedan armados en la oscuridad y cuando vienen los porteros de la
mañana tienen que guardarlos antes de las ocho. Sé que me putean por eso pero
no me importa, mi edad me aparta de muchos dolores. Cundo uno envejece se aleja
de las cosas y al mirar atrás solo repara en lo que de verdad pesa. Es como
cuando se evalúa una posición, lo vemos todo pero solo reparamos en lo que
creemos importante: una diagonal, una pieza centralizada, un peón desaparecido.
Sergio
Galarza
Docente.
sábado, 6 de mayo de 2017
La Torre comilona.
La Torre comilona.
Hay partidas en que una pieza determinada
parece tener una fuerza sobrenatural por sobre las demás. Nunca olvidaré la
acción de una torre blanca en una partida de club que jugué hace muchos años,
cuando destinaba mis tardes a la práctica de este juego mágico que nos obsesiona.
Estábamos reunidos los aficionados
de siempre alrededor de la mesa y habíamos hecho el pedido para acompañarnos
con una merienda mientras despuntábamos el vicio.
Jugábamos al “ganador queda” y
nos íbamos turnando al tablero según las mañas y las suertes de cada uno.
Cuando el mozo trajo los cafés y
las medialunas que dejó a mi derecha -un poco lejos pues de este lado teníamos
el reloj-, había ganado dos partidas y por eso jugaba con negras.
Golosos, nos acercamos las tazas
y los platitos con facturas a modo de poder ir metiéndole mano sin distraer la
atención de las amenazas imaginadas, que flotaban en el aire como embrujos reales.
Sabido es que el que juega
ajedrez rápido se apasiona sobre los lances de cada encuentro y hasta pierde
conciencia de lo que ocurre a su alrededor.
En esta partida que no olvidaré
nunca, la torre dama de mi rival me estaba volviendo loco. Le había permitido
entrar en “séptima” a cambio de un ataque sobre el enroque corto y la muy desgraciada
me estaba comiendo todo.
Primero fueron dos peones.
Después me comió un alfil, y aún
quería seguir engullendo.
Mis trebejos parecían de azúcar
ante el hambre desaforado de esa pieza color café con leche. Tuve que
concentrarme sobre ella y casi rogué a Caissa que mi compañero cayera en una
celada que tendí para poder capturarla.
Cuando al fin la tomé y la fui a
sacar del tablero, hasta me pareció más pesada que una torre común y corriente,
tanta era la impresión que me había causado su voracidad.
La dejé al lado de las medialunas
con el regocijo interno que nos dan ciertas venganzas y, como si tuviera vida y
pudiera escucharme, le dije:
Torre insaciable, andate a comer
afuera, a ver qué encontrás…
Los muchachos se rieron de mi
ocurrencia y ponderaron lo que me había costado ya esa pieza.
Continuó la partida y libre de
mis temores aún pude ganar al fin. Entre las risas y las cargadas propias de
cada victoria, mientras acomodaba mis piezas para una próxima pelea, quise
terminarme las facturas que creí que quedaban…
Cual no fue mi sorpresa al ver
que, al lado de la torre comilona, ¡el platito de las medialunas estaba vacío!
Sergio Galarza
Docente de ajedrez
viernes, 5 de mayo de 2017
viernes, 16 de diciembre de 2016
Profe… ¿Cómo es un telescopio…?
Profe…
¿Cómo es un telescopio…?
Hace unos meses el Ministerio
de Educación de la provincia de Santa fe propuso una clase más sobre ESI; en
ella desarrolle una actividad vinculada desde el área ajedrez, llamada Ajedress:
los niños debían vestir a unos peones de cartulina con la ropa que ellos quisieran.
La idea era qué, para vestirlos, previeran para cada uno una identidad de
género ya que, las prendas (Dress) a desarrollar por ellos incluían a las
interiores y, como sabemos, aunque nos creamos más o menos a salvo del sexismo,
estas presuponen solo dos variantes.
La actividad fue un
éxito, tal vez una de las más festejadas por los chicos y chicas de primero a
quinto, quienes participaron diseñando, recortando y cubriendo a los desnudos
risueños peones, dándoles las más variadas personalidades (hasta un bebe peón
había previsto).
Como un detalle, en la
algarabía y por mi pasión, llevé recortado un pequeño telescopio de cartulina
para que uno de los peones fuera astrónomo/astrónoma. En lo mejor de la tarde,
escuche a una niñita de primero que me dijo:
¿Me
enseñás como es un telescopio?
Claro,
le dije, pero no ahora que estamos con
esto; decile a tu maestra que me invite
y un día de estos llevo uno a tu salón.
Todo quedó ahí pero en
lo sucesivo y en cada recreo, siempre que la niña me vio, le escuché decir,
¿Cuándo me vas a enseñar un telescopio?
Al fin, el pasado lunes
preparé una clase de óptica acorde a sus edades y expectativas supuestas y me
zampé al cole atiborrado con lentes, microscopio, binocular, láser, vaso, cuchara,
jarra de agua, prisma, medio metro de cañería de agua y un telescopio Hokenn 60
350. Este tubito era de mi nieta, pero justo antes del desastre ella accedió al
plan canje-abuelo-aficionado, y el recurso la hizo dueña de un bonito 70 700 az
(Hokenn).
La maestra hizo entrar
a los chicos al aula, me presentó y Los senté muy cerca de dos mesas que puse
al frente. Allí mostré mis herramientas y Para dar idea de lo que una lente
hace con la luz, mostré un láser cuya luz proyecté al techo: un punto color
ranita, que apenas se ensanchó por efecto de su propio empuje, formó una mancha
de unos pocos milímetros que vibró nerviosa por mi mal pulso. Las caritas abiertas,
los ojos lavados de todo sopor, cada uno de los niños y niñas tuvo algo para
acotar. Hice unos pases de manos y mostré entonces una lente de 30 cm de focal.
Presentada esta, la interpuse sobre el rayo luminífero y, ¡exclamaciones! el
punto de luz –el circulín de esos pocos milímetros- se transformó en un área,
algo más difusa, trémula aún, de unos 3 o 4 centímetros de radio.
Retiré y coloqué el
lente repetidas veces sobre mi linterna verde y cada vez el grado constató que
un lente como el que esgrimí, siempre aumenta la superficie de luz por él
proyectada… en nuestro lenguaje técnico del momento, dije: lentes como esta aumentan la imagen que las atraviesa (me
perdonarán lo impreciso de esta afirmación, la cual justifico porque solo
quería dar idea cabal de aquello que en un momento fueran a observar: detalles
del patio agrandados dentro del ocular del telescopio).
La clase continuó con
la descripción de los instrumentos que utilizaríamos enseguida: teles, microscopio,
binocular.
Una vez explicada cada
parte, monté el teles sobre una silla y, como los vecinos de Macondo, todos
observaron lejanos clavos y recortes de afiches en los murales del patio a
través de nuestras lentes acopladas en el Hokennsito.
Otra vez alguna
sorpresa y niños que se quedaron minutos observando, con una atención que ya
quisiera que ponga un adulto cuando muestro Carina u Orión.
Enseguida tome el tubo
de agua y lo mostré vacío, sumé entonces una lente a la que ya tenía y adosé
una a cada extremo; se los dí; se extasiaron al ver que ya tenían otro
telescopio, este muy barato, por cierto. Una niña dijo,
En
mi casa hay un tubo de agua tirado, el voy a decir a mi papá que me haga un
telescopio…
Los niños y niñas miraron
hasta hartarse, por los teles primero, por el microscopio después.
En el microscopio puse
un hongo que sobre el portaobjetos se veía como un puntito negro y en el ocular
ya era un monstruo amenazante, lleno de pelos o de patas negras como tentáculos
horribles que rodeaban su forma. Uf, me recordó a Lovecraft.
¡Ah, qué placer
escuchar a los chicos! Cómo razonan cuando se encuentran ante lo nuevo, lo
desconocido, lo apasionante de la ciencia. Porque La Ciencia es La Sorpresa de
ver por primera vez el mundo. Nunca escuché a un niño ver algo desconocido y
decir,
Mirá,
profe, un Ovni…
o
Mirá,
Sergio, una Creatura de Dios…
Los niños miran algo
nuevo y de inmediato forjan hipótesis: ¿Es un animal? ¿Es una planta? ¿Es una
basurita? Mi nieto -de apenas tres años cumplidos- me dijo acerca de la Luna en
fase que esta estaba desinflada. Las explicaciones sobrenaturales son patrimonio
de seres que han perdido la alegría. Por ello es tan curioso escuchar los
argumentos de un niño y contrastarlo con los de un adulto medio. Hace poco una
maestra de primero, oponiéndose tenaz a una práctica de observación, sugerida
por mí para probar a ellos por donde sale el sol, me dijo:
Pero,
con lo que usted dice, ¿los niños lograrán una percepción cabal del espacio?
Jamás escuché una
respuesta tan boba en la boca de un niño. El primer escollo para el aprendizaje
radica en esas mentes y nunca en los niños.
Vuelvo al relato de mi
clase de óptica en primer grado.
Los chicos y chicas
observaron por el telescopio y por el microscopio. Con el experimento del láser
y la lente desnuda comprendieron empíricamente qué hace una lente con la luz. Faltaba
el cierre y este me divirtió como nunca.
Helo aquí:
Chicos
y chicas, dije, ahora…
una demostración de mis poderes… Vean esta cuchara de metal, tóquenla…
La pasé a ellos de mano
en mano para que verificaran su solidez. Toda vez que todos la hubieron tocado,
dije,
Voy
a quebrar esta cuchara con el poder de mi mente…
Tomé el vaso y lo puse
sobre la mesita, puse dentro la cuchara e ipso facto, mientras movía mis dedos de
la izquierda como arrojando ínfulas o sortilegios sobre el conjunto y, con la jarra
en la derecha, eché agua al vaso hasta casi llenarlo. Triunfal, dije,
Vean,
niños y niñas, ¡he quebrado la cuchara!
Muchos exclamaron
sorprendidos. Yo mismo me sorprendo cuando lo hago. La cuchara ¡está quebrada!
Qué difícil no creer a los ojos. Es como cuando uno mira la Luna en el
horizonte. Los chicos se codearon y empujaron, tomaron el vaso y lo giraban y
por todos lados le metieron ojo. El efecto era increíble. Un niño dijo,
No
está quebrada.
Cómo
sabés, pregunté,
Fácil,
me dijo, mírela, y vi el mango a unos
dos centímetros de la concavidad, separadas ambas partes sobre el límite del
agua,
Si
estuviera quebrada, me dijo, la parte de arriba caería al fondo: no cae porque no está quebrada.
¿Se dan cuenta de lo
que digo? Un niño siempre es un científico genial. Un niño no tendría ningún
problema en comprender la teoría de la relatividad o el carácter discreto de la
materia… y del tiempo.
Ya lo estoy viendo, mis
cursos para el 2017 promocionados por Adrián Paenza:
El baldecito en el Arenero,
Mecánica cuántica para niños.
o
Títeres en las hamacas,
La paradoja de los gemelos en jardín de infantes.
o
Autitos en el tobogán,
aceleración y caída libre para segundo grado.
En fin, sin duda que
esto puede hacerse. La física es una para todos. Fue el gran aporte que comenzó
con Galileo al observar las anfractuosidades de la Luna, y terminó con el f g
m1 m2 sobre r cuadrado de Newton. Es decir, lo que aquí cae allá también cae,
sea en París o en Jápeto.
El argumento del ese
niño al decirme que la cuchara no estaba quebrada, porque de estarlo -de estar
esas dos partes en efecto disociadas, interrumpida su materia como en realidad
se ve a través del agua y del vidrio- la parte alta acería al fondo del vaso,
es una de las mejores respuestas que he logrado en mi vida de divulgador de la
ciencia, de Rada Tilly a Purmamarca, del río Uruguay al Valle del Atuel, y en
40 localidades intermedias.
Aún hubo más.
Llegó el momento de
desenmascarar al timador. Debíamos explicarnos el fenómeno. ¿Quebraba yo la
cuchara o qué milagro ocurría?
Vaciamos el vaso, la
cuchara entera; llenamos el vaso, la cuchara quebrada. Ergo, el vaso no era el
prodigio.
Pronto una niña dijo,
Es el agua, el agua actúa como una
lente, agranda una parte de la cuchara ¡y así parece quebrada!
Bien, así me divierto a
mi edad, así disfruto de la vida, contando a todos acerca de lo que amo, el
cielo, la ciencia, la historia, el cine.
Cuando
tocó el timbre de fin de clase la niña de la respuesta me dijo: Volvés algún día… porque me gustaría verte
de nuevo.
En el despido estaba
cuando la niñita origen de esta clase, la que creía yo interesada por saber
cómo era un telescopio, dijo:
¿Y…
cuándo me vas a enseñar a hacer un telescopio?
Pero…
dije, si te enseñé cómo funciona y cómo se arma.
Me dijo,
No,
yo quiero que me enseñes… a dibujar un telescopio.
Dibujar,
no hacer.
fin
martes, 13 de diciembre de 2016
Historia del peón que quería ser Dama
Historia
del peón que quería ser Dama
Cuento improvisado para alumnas y alumnos de cuarto grado de la escuela Bernardo Monteagudo, de Chabás.
Los peones siempre
fueron muy traviesos: le hacían zancadillas al caballo, bromas a los alfiles y,
lo peor de lo peor, le comían las galletitas al Rey, quien siempre fue un poco
lerdo.
Así pasaban los días en
el tablero, las torres con sus problemas de columna, los alfiles con su andar
torcido y los peones meta travesuras, hasta que una tarde apareció en la caja
un peón nuevo. Era muy robusto, de madera blanca; al resto le dio un poco de
envidia su reluciente cabeza despejada. Pronto quisieron saber sobre él:
Peonardo, ¿qué querés
ser cuando seas grande?
Cuando sea grande…
quiero ser… ¡una Dama!
Los peones se echaron a
reír. ¿Cómo vas a ser una Dama,
Peonardo?
Pero Peonardo tenía ese
sueño: quería ser una Reina muy alta y elegante y andar todo el día muy pituca.
Por el tablero pasaban
los días y las partidas y Peonardo con su idea fija. Qué vivo, el Rey, él ya es
alto e importante; qué vivos los alfiles, son dos hermanos y corren tan ligero;
él quería ser Dama y no podía…
Al fin, las piezas
comprendieron su deseo. Hicieron una reunión y en la reunión dijeron:
Si Peonardo quiere ser
dama… ¡que sea Dama!
Peonardo saltó de
alegría y todos juntos hicieron una fiesta que duró tres días. Desde entonces,
cuando un peón llega al final del tablero, si quiere ¡se transforma en Dama!
Sergio Galarza
Docente de ajedrez.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)





